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Por esta razón te acabarás casando con la persona equivocada

“Solo partes de nosotros tocarán

jamás partes de otros

la verdad de uno es simplemente eso – la verdad de uno

Solo podemos compartir la parte que está adentro del otro

conocimiento aceptable

así que uno

está en su mayor parte solo”

Eso escribió Marilyn Monroe en su diario (la versión en inglés, con tachaduras y correcciones, está aquí). Y la verdad es que no podemos más que estar en parte de acuerdo con la hermosa e inteligentísima actriz trágica de Hollywood.

Porque durante mucho tiempo nos enseñan que debemos casarnos con la persona adecuada, perfecta, correcta, con aquel que nos haga sentir que estamos flotando, queridos para siempre, que nos conmueva y nos atrape el corazón. Pero la realidad es que este sentimiento, si bien no es falso, es pasajero e intermitente.

Muchas veces nos encontramos al lado de nuestra pareja, discutiendo, renegando, teniendo opiniones diferentes, teniendo que lidiar con momentos feos o difíciles. Y eso también forma parte de la vida en pareja y de aquello que aceptamos cuando decidimos estar con otra persona.

La verdad es que la idea de amor romántico es una idea bastante “novedosa” dentro de la historia del mundo, que surge entre el siglo XVIII y el XIX y se ejemplifica en novelas como “El Joven Werther” de Goethe y “La Educación Sentimental” de Flaubert. Antes los matrimonios se decidían por conveniencia y se arreglaban entre gente rica, y si eras pobres hacías lo que podías.

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Esta es un poco la idea del escritor suizo Alain De Bottom, autor de The Course of Love, un libro sobre las relaciones románticas en el cual recomienda dejar de lado el idealismo para ir hacia una idea pragmática y hasta un poco pesimista de las relaciones humanas, que puede salvar nuestro corazón y nuestra cordura.

En un ensayo reciente publicado en el New York Times, titulado “Why you will marry the wrong person” (Porqué te casarás con la persona equivocada) explica algo de su filosofía. De allí vienen los extractos que les ofrecemos a continuación:

“Es una de las cosas que tememos que nos ocurran a nosotros. Trabajamos mucho para que no nos ocurra. Pero igual lo hacemos: nos casamos con la persona equivocada.

En parte es porque tenemos una enorme cantidad de problemas que emergen cuando intentamos acercarnos a los demás. Parecemos normales solo para los que no nos conocen muy bien”.

“Nadie es perfecto. El problema es que antes del matrimonio, raramente profundizamos en nuestras complejidades. Cuando las relaciones casuales amenazan con revelar nuestros defectos, culpamos a nuestras parejas y las dejamos. Mientras tanto, a nuestros amigos, hacer el trabajo de iluminarnos no les interesa demasiado. Uno de los privilegios de estar solo es la impresión sincera de que es fácil convivir con nosotros”.

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“Nuestras parejas no tienen mucha más autoconciencia. Naturalmente, tratamos de entenderlos. Visitamos a sus familias. Miramos sus fotos, conocemos a sus amigos. Todo eso contribuye a una sensación de que hemos hecho nuestro trabajo. No lo hemos hecho. El matrimonio termina siendo una apuesta esperanzada, generosa e infinitamente amable hecha por dos personas que aún no saben quiénes son ni quién es la otra persona, uniéndose en un futuro que no pueden concebir y han evitado investigar”.

“Durante toda la historia, la gente se casaba por razones lógicas: porque la tierra de ella estaba junto a la tuya, su familia tenía un negocio floreciente, su padre era el juez del pueblo, había que cuidar del castillo, o los suegros estaban suscriptos a la misma interpretación de un texto sagrado (….) El matrimonio de la razón no era razonable en absoluto; era con frecuencia conveniente, clasista y explotador. Por eso lo que lo ha reemplazado –el matrimonio de los sentimientos– ha sido liberado de la necesidad de justificarse”.

“Pero, aunque creemos que con el matrimonio estamos buscando la felicidad, no es tan simple. Lo que en realidad estamos buscando es familiaridad; algo que puede complicar cualquier plan que hayamos tenido de alcanzar la felicidad. Buscamos recrear, con nuestras relaciones adultas, las sensaciones que conocíamos tan bien de niños”.

“Qué lógico es, entonces, que nos encontremos de adultos rechazando algunos candidatos al matrimonio, no porque son los equivocados, sino porque son demasiado correctos –demasiado equilibrados, maduros, comprensivos y fiables– ya que en nuestros corazones tanta rectitud parece extraña. Nos casamos con las personas equivocadas porque no asociamos ser amados con sentirnos felices”.

“Cometemos errores, también, porque estamos tan solos. Nadie puede estar en un buen lugar mental para elegir a una pareja cuando estar solo se siente insoportable”.

“Finalmente, nos casamos para hacer permanente una sensación linda (…) pero no vemos que no hay una conexión sólida entre esos sentimientos y la institución del matrimonio”.

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“De hecho, el matrimonio nos mueve a otro plano, muy distinto y más administrativo, que quizás se desarrolla en una casa en los suburbios, con largos viajes al trabajo y niños insoportables que maten la pasión de la que emergieron. El único ingrediente en común es el compañero. Y tal vez eso fue el ingrediente equivocado. La buena noticia es que no importa si nos damos cuenta de que nos hemos casado con la persona equivocada”.

“No hay que abandonarlo, solo la idea romántica sobre la que se construyó la idea occidental del matrimonio de los últimos 250 años: que existe un ser perfecto que puede satisfacer todas nuestras necesidades y anhelos”.

“Debemos cambiar la visión romántica por una conciencia trágica (y, a veces, de comedia) de que cada ser humano nos frustrará, enojará, molestará, enloquecerá y decepcionará; y que nosotros (sin ninguna malicia) haremos lo mismo a ellos”.

“Puede sonar extraño, pero el pesimismo alivia la presión excesiva que nuestra cultura romántica pone sobre el matrimonio (…) La persona perfecta para nosotros no es la que comparte nuestros gustos (ella o él no existen), sino la persona que puede negociar esas diferencias de forma inteligente; la persona que es buena en no estar de acuerdo. En vez de una idea de perfecta complementación, es la capacidad de tolerar las diferencias con generosidad que es la marca de una persona que no es “del todo equivocada”. La compatibilidad es un logro del amor; no debe ser una pre-condición”.

“El romanticismo no nos hace favores; es una filosofía dura (…) Terminamos sintiéndonos solitarios y convencidos de que nuestras uniones, con sus imperfecciones, no son ‘normales’. Debemos aprender a acomodarnos a la equivocación, intentando siempre adoptar una perspectiva más tolerante, humorística y amable sobre nosotros y nuestros compañeros”.